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¿Qué
nos atraía de esa casona, qué nos hacía desear ir hasta allí una
tarde y quedarnos hasta el otro día? Siendo adolescentes pensábamos
era el requesón hecho en casa acompañado de dulce de lechosa
resecada a las tres de la tarde. El sabor único de la comida hecha
en fogón de leña. Y sobre todo el medio peso que nos daban a cada
uno Pensábamos que ese era el encanto de la casona. Ya de
adultos, nos dimos cuenta de que la fuerza irresistible que nos
llevaba a la antigua casa era la historia. La abuela nos hablaba de
tiempos idos, de un país distinto en un mundo diferente. Nos dimos
cuenta, al faltar la abuela, que teníamos que dividir la historia en
dos épocas: A.E y D.E. (Antes y después del expreso). Sin saberlo,
habíamos vivido en nuestra niñez los últimos vestigios del Puerto
Rico A.E. Vimos las veredas y caminos de piedra entre las fincas,
paralelos a las carreteras pavimentadas. Vimos los pilones de café
hechos en troncos ahuecados con fuego. Las carretas de bueyes, ya
sin bueyes ni carreteros. Escuchamos junto a los abuelos el canto de
las aves en la mañana. Y según conocimos el despertar de A.E,
conocimos la noche de los abuelos. Con media luz iluminando sillas
de pajilla y el sillón de la abuela, el trono desde el cual narraba
historias de lluvia y viento, de sequíay vegetación quemada. De
muertos que azoraban a los vivos.
Relatos ambientados con sonidos apropiados. El chirrido del sillón
de la abuela. Los crujidos de los tablones en la noche, propios del
ensancharse y encogerse con la temperatura. Tintineos de un techo de
zinc por la combinación de gotas intermitentes, pequeños frutos
traídos por el viento chocando con el zinc, caminar de aves
nocturnas sobre el mismo. Fenómenos entendibles hoy gracias a la
física y la química. Inexplicables en nuestra mente infantil y
adolescente. Propiciatorios de un ambiente misterioso ideal para los
relatos de la abuela. Nos aterraban las historias de antaño, pero
mientras más nos asustaban más deseábamos escucharlas. Al acostarnos,
eran más audibles los crujidos de la madera y los tintineos del
techo de zinc. Y eran más vívidas las escenas relatadas por la
abuela en aquella oscuridad propia de las afueras del centro urbano.
Al crecer, nos alejamos por un tiempo de los abuelos y de la casona.
Al igual que Lloréns Torres, fuimos dejando atrás el humo del café
que se tostaba, humo elevándose en el cielo hasta desaparecer. Al
igual que a Lloréns, nos envolvió el falso encanto de la ciudad.
Quedó la abuela sola, y nosotros volvimos a la capital. Por un
tiempo volvimos a la rutina metropolitana, con un plan de en algún
momento quedarnos todos de nuevo en la casa de la abuela y compartir
de nuevo sus historias. Posponiendo cada vez el encuentro, pues
siempre había dificultad para alguno.
El día que sí pudimos ir todos fue una mañana de invierno. Partimos
hacia el pueblito. Esa noche nos quedamos todos en la casona, por
primera vez en mucho tiempo. Nos dimos cuenta de que la casa de
tablones estaba incrustada en nuestras células. Era la primera noche
sin la abuela. Quedarnos en la casona sin escuchar sus historias por
primera vez nos obligó a recordarlas. Todo estaba igual esa noche.
Las sillas de pajilla, los tablones crujientes, el zinc resonante, y
el sillón pero sin la abuela. El fogón de leña sin la leña. Afuera
los palos de lechoza esperando ser cosechados para hacer dulce del
fruto resecado, sin saber que ya no estaba la encargada dela cosecha.
Solamente quedaba como consuelo la última harina de café guardado en
un gran envase de cristal. El último café molido por la abuela en el
molinillo de manigueta. Margarita preparó el café en el mismo
colador de la abuela. Por unos minutos, el aroma del café gourmet,
complementado con el crujir de los tablones y el chirrido del sillón
donde se mecía ahora Margarita, hicieron sentir la presencia de la
abuela. Nos estremeció la nostalgia. No era solamente el dolor de la
pérdida. Era además la sensación de un extraño vacío. Habíamos
perdido la conexión con el Puerto Rico A.E. Se nos cerró el paso a
las fronteras del tiempo. Alguien tenía que reabrirlo.
Salimos al patio de la vieja casa. La luz del cielo iluminaba mejor
que las lejanas luces de la ciudad. Un concierto de grillos,
cigarras, sapos, coquíes y aves nocturnas nos decía que el tiempo y
lugar de la abuela estaba cerca. En verdad estaba alrededor de
nosotros. Por eso siento pena al pasar por La Colectiva, en la
intersección de las carreteras 132 y 378, hacia Sierra Baja. Hay
unas casas de cemento en donde estuvo la casona de la abuela María
Torres, y no están los pilones de café, ni las carretas. Ahí estaban
las llaves del Puerto Rico A.E. |